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Siria y la democracia norteamericana

Grupo de Estudios Geopolíticos y Territoriales

La intervención militar en Siria y su antesala, dejan serias dudas sobre la idea de democracia pregonada por Estados Unidos, pero más aún sobre la vigencia de los mecanismos de regulación internacional ante la dinámica de los intereses geopolíticos.

El gas sarín, creado por la industria norteamericana, del mismo modo como decenas de otros agentes organofosforados y organoclorados utilizados en guerras como la del Golfo y Vietnam, así como en intervenciones militares en varios países del Medio Oriente, hoy es noticia mundial. La comisión internacional de la ONU en Siria ha alertado sobre su utilización en una masacre.

Discutir sobre si el gobierno de Bashar al Assad lo utilizó o no, podría dar para un largo compendio comparativo entre fuentes de información que argumentan por un lado un carácter despótico del gobierno sirio y por otro lado la utilización de esta molécula con fines de desestabilización por parte de la oposición y su apoyo internacional en contra del régimen. Lo que parece ser cierto es que, de la misma forma que en otro momento, la amenaza de las armas nucleares, fue el caballo de troya para la invasión norteamericana a Irak, hoy el gas sarín es el argumento contemporáneo a la medida de Siria.

Y no es para menos. La geopolítica en la región del Sinaí, se tensa cada vez más en medio de un golpe militar, apoyado sin mayor discreción, por el régimen norteamericano el cual ha sido históricamente enfático en la necesidad de acceso al canal del Suez. Los estrechos lazos de esta disputa mueven la geopolítica del mundo árabe, en una polarización en la que nuevamente Arabia Saudí, Qatar y los Emiratos Árabes se ponen al lado de los militares egipcios y las directrices de los Estados Unidos, mientras que Siria e Irán hacen explícito su desacuerdo frente al golpe de estado y la intervención norteamericana en la zona del Oriente Medio y el Magreb.

El control de esta región implica por un lado el flujo de las mercancías desde la región Indochina hacia Europa, con paso obligado mediante el canal de Suez, pero también el paso de gasoductos y oleoductos hacia el viejo continente, desde los colosos productores, aliados incondicionales de Estados Unidos.

Es decir, que lejos de estar en disputa lo que se presenta en el discurso oficial como la defensa de la libertad o de la democracia, la geopolítica de los movimientos militares es bastante clara. Con un control en la zona del Magreb y su punta en Egipto, con la seguridad de los gobiernos títeres monárquicos productores de crudo, con su mejor aliado israelí resguardando el canal del Suez y apuntando a las fronteras de Siria, a los Estados Unidos tan solo les hace falta neutralizar por completo el territorio Sirio para el libre flujo de las mercancías y recursos energéticos.

A este punto, poco juegan las regulaciones internacionales y los estamentos multilaterales muestran su verdadero carácter. Estados Unidos ha sido categórico en afirmar que aún sin el apoyo de de los países miembros del consejo de seguridad de Naciones Unidas, su intervención militar debe ser un hecho.

Las intervenciones militares que llevan el sello internacional de la OTAN, han servido para repartir en poca o gran medida los gastos de las guerras entre “la comunidad internacional”, aún cuando sus consecuencias no favorecen a esa comunidad internacional, como en el claro ejemplo de Libia, sino a intereses económicos y políticos bien claros de algunas potencias como Estados Unidos y Francia.

Hoy, Norteamérica está dispuesto a asumir todos los gastos de la guerra y la intervención, pues los réditos económicos y la tasa de ganancia proyectada y esperada superan con creces cualquier inversión, por costosa que esta pueda ser, tanto materialmente como humanamente.   El discurso de la democracia norteamericana que se ha erigido como estandarte del mundo contemporáneo, hoy se devela en contradicción y crisis, pues mientras así se muestra, al interior del parlamento estadounidense, demócratas y republicanos dejan de lado sus roces y juntos afilan la política guerrerista conducida por sus intereses de clase. En el plano internacional, mientras el discurso de la paz y la democracia mundial descansa ilusoriamente en organismos multilaterales como el consejo de seguridad de la ONU, hoy sin reparo alguno es pasado por alto.   La democracia y libertad norteamericana para el mundo, lejos de ser una aspiración superior de la “humanidad”, revela su verdadero carácter: la dictadura del capital; la libertad para el capital.

Grupo de Estudios Geopolíticos y Territoriales -GEGT-

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